La Nacion / Domingo 23 de diciembre de 2007

Adiós... Buen día

Anoche, Julio Bocca puso fin a su mundial carrera con un megarrecital en el Obelisco. En estas páginas, un diálogo con quien escribió su primera biografía, en 1995. Pasado, presente, futuro, y las claves secretas y menos conocidas del mejor bailarín argentino de todos los tiempos



Al pibe una voz lo detuvo y le puso un revólver en la cabeza. El pibe se murió, pero sólo de miedo, porque la bala se quedó quieta. El pibe perdió el tren que iba a tomar, y nada más. Ese día podría haber faltado a la escuela y a la academia, pero no quiso. Unos años después llegó a ser campeón mundial en lo suyo. En este diciembre del año 2007 después de Cristo, 30 años después del revólver en la cabeza y con 40 de edad, anoche, Obelisco mediante y ante un océano devoto, hizo su última función.

Parece mentira lo que es cierto. En 1995 Julio Bocca decidió hacer una precoz biografía de su vida. Escribir aquel libro fue para mí un privilegio y un calvario. Bocca quería contar su prodigiosa vida, pero sin hablar. Difícil tejer un libro con esa especie de mudo. Al tercer día de un interrogatorio extenuante, respondido con monosílabos y frases telegráficas, salí de su casa embroncado y desolado. Mientras daba la vuelta a la manzana ladrando en voz alta, pensé: “Al diablo el suculento contrato y la biografía, al diablo Julito Bocca”. Al diablo, al caraxus. Mientras tomaba envión para apretar el timbre y concluir con la pesadilla, un relámpago me dijo: “Pero si éste, el que no habla con palabras, es él”. Y seguí de largo y la biografía se corporizó buscando arduos caminos que tienen que ver con la deducción, la adivinación de palabras aparentemente sueltas. En el epílogo, Bocca me anunció sin pestañear que se iba a retirar “en el 2006, el 6 de marzo”, día de su cumpleaños 40, “en el Colón”. Cumplió con su palabra. Casi.

Parece mentira lo que es cierto. Estamos hoy conversando con Julio, y su adiós escénico ya es un hecho. Momentos casi secretos, que están en la entretela de nuestro libro, Bocca. Yo, príncipe y mendigo, se irán barajando con nuestro diálogo. Intentaremos pesquisar las claves de un fenómeno tan mundial.

–Julio, este año te despediste con más de cien recitales.

–Error, señor. Pasamos los 200. En diciembre fueron 23: Bolivia, Chile, Mendoza, San Luis, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Uruguay, Paraná, Olavarría, Trenque Lauquen, San Nicolás… y Obelisco.

–¿Vos terminaste con la danza antes que la danza terminara con vos?

–No, no, no, la danza no iba a terminar conmigo: estoy bien, fuerte, contento.

–Pero nunca tuviste un año así.

–Error, señor. Yo casi todos los años estaba entre los 120 y los 170 recitales. Claro, si yo llegaba a hacer siempre esto del 2007, no hubiera llegado a mis 27 años de carrera. Pero, ojo, hubo tiempos en los que hice funciones a la tarde en Londres y a la noche en Italia. Pero menos de 120, no.

–¿Retiro por cansancio? ¿Se agotó tu entusiasmo?

–Me retiro porque quiero terminar más o menos bien, en lo más alto de mi carrera. Cerrar una etapa. Hice mucho más de lo que pensaba. Sigo disfrutando, pero es como que ya está. A otra etapa. Me siento orgulloso de todo lo que logré. Aparte hice la carrera a mi manera, armé grandes producciones, creé un ballet, creé una escuela... Y también uno tiene que salir para que la gente joven venga. Aparte, sí, estoy cansado de entrenar, ensayar, ya no quiero saber más nada. Y estoy cansado de dar notas.

–Gracias por lo que me toca. Julio, naciste cansado de dar notas.

–Pero hubo un período después de que vos me agarraste para el libro que me solté… ja ja…

–Recuerdo que en aquellas entrevistas te sobabas como si te doliese la panza, bostezabas sin reparos… Uno se sentía un flor de infeliz.

–¡Estoy hablando ahora, che!

–A buena hora se te ocurre hablar.

–Y… se aprende, es parte del crecimiento. Uno va tomando confianza, se va relajando. Trato de divertirme también con las entrevistas. Sé que uno depende de las notas para difundir esto, pero pasa que estoy cansado. Ponele: uno viaja y en cada país hay que dar notas... Entonces, no son solamente 200 funciones, son también 200 conferencias de prensa...

–¿Sos un tipo de palabra?

–De palabras muy cortas, pero precisas... ja ja... Yo digo: “Voy a hacer esto”, y lo hago; “quiero conseguir esto”, y lo consigo.

–Cumplís tu palabra a medias. Prometiste retirarte en el Colón, a tus 40, el 6 de marzo de 2006.

–El Colón está cerrado. Y todavía tengo 40 años.

Ser campeón mundial. Estamos con un argentino que desde 1985 se la pasa siendo “campeón mundial”. Todo empezó con la medalla de oro en el certamen de Moscú. Tenía 18 años. Obsesionado con llegar a esa especie de Vaticano de la danza, un día le preguntaron: “Ya que jodés tanto con viajar a Rusia, decí, ¿cuál es la capital?”. Respondió sobre el pucho: “La capital de Rusia es Bolshoi”. Cuando partió, en Ezeiza lo despidieron cinco personas. Cinco. Ni una cámara. Era una lauchita desabrida y sin medio dólar en el bolsillo. Cuando volvió, ganador, el país entero puso ojos, cámaras y micrófonos en Ezeiza. Un año después, Bocca fue designado primer bailarín del American Ballet Theatre, en Nueva York, por Mikhail Baryshnikov. Durante décadas abrió la temporada del Metropolitan Opera House. Bailó en las salas más selectas y en plazas y en estadios. Lo aplaudieron reyes, artistas del jet-set y multitudes. Fue condecorado en decenas de países, nombrado Bailarín del Año en 1987 por The New York Times, designado Personalidad del Año en 1990 junto con la Madre Teresa, en Francia.

Los argentinos tenemos debilidades irreparables: una de ellas es la de ser campeones mundiales. Ya ser subcampeones nos resulta vergonzante y/o deprimente. Dicho con el modo rotundo de la vereda: aquí el que no es campeón mundial es un güevón, con g. A falta del Fangio que nos acostumbró mal, Bocca se convirtió en el mundial que nos mantenía con el ego izado. Curiosamente, este Bocca, abajo del escenario, careció por completo de ese carisma que en nuestra sociedad exitista pasa por virtud excluyente.

Hoy, como hace veinte años, Bocca es un fenómeno misterioso. Tan desnutrido de carisma, ¿cómo hizo para saltar hasta la cima, y permanecer allá arriba? ¿Cuáles son los secretos de su blindada personalidad? ¿Cómo es posible que este muchacho neutro mute de tal manera cuando baila?

Con este Julio, hoy increíblemente locuaz, nos ponemos a hojear su vida. Alumbraremos claves de una personalidad férrea que engaña con su aspecto de adolescente desteñido. Oír para creer. Hoy nos dice: “¿Quieren tomar algo?” En otros tiempos, ni algo ni nada. La conversación sucederá articulada con momentos significativos de nuestra biografía.

Casi la muerte. Nada mejor que la muerte para explicar la vida. Bocca la tuvo muy cerca en dos ocasiones. La primera, en Mar de Ajó, a los 4 años. Escuchémoslo: “Yo en la playa sacaba almejas metido en un pozo. Y empezaron a subir las olas. Cada ola me tapaba; el pozo se convirtió en una ventosa que me succionaba... Trataba de salir, pero otra ola y otra más… Había un hombre a unos diez metros. Yo le hacía señas, otra ola, el hombre me miraba, más señas y el hombre igual, con los brazos cruzados... Y me faltaba el aire... y otra ola... y ahí las manazas de mi abuelo Nando que me alzan, me abrazan y me meten dentro de su pecho...”

Significativo episodio: Julio hace señas. Lo ven pero no lo ven. Recordemos: en realidad, él se llama Julio Adrián Fernández Lojo. Su padre biológico, Julio Fernández, nunca lo reconoció, nunca vivió a su lado. Pero, a cambio del padre ausente, allí está el abuelo, el padre de su madre. Nando, las manazas que lo arrancaron de la muerte. Nando, el gringo laburante que vio su destino de bailarín cuando Julio apenas caminaba.

Otra vez la muerte. Con 10 años cumplidos ya viajaba solo de Munro a la Capital Federal, donde estudiaba danzas. Día de pleno invierno, seis de la mañana, calle oscura. Camina Julito a tomar el tren. Una voz lo frena: “¿Me decís qué hora es?” Y detrás de la voz aparece un revólver: “Dame toda la plata que tenés”. Julio apenas si tiene para el pasaje y algunas monedas. “Le doy mi cadenita.” “Quiero plata, pibe.” Sin bajar el revólver que le apunta a la frente: “Yo no me dedico a esto. Pibe, robo ahora porque mi mujer tiene cáncer, necesito plata... Dale, caminá derechito y no mirés para atrás. Hacé lo que te digo... Y cuando venga la Navidad, pibe, que tengás feliz Navidad”.

¿Y esto cómo concluye? Atención, aquí tenemos otra clave de sus logros ecuménicos. “Caminé; al llegar a la esquina doblé y empecé a correr. Ahí sí que sentí mucho miedo... Llegué a mi casa sin aliento y conté todo y me dieron agua y después algo caliente y salí otra vez, corriendo, porque no quería llegar tarde a mi clase de danza.”

–Una clase más, o menos, podía significar la vigencia de tus sesos.

–No pensé en mis sesos. Si me perdía una clase en el Colón me moría, y no de un balazo.

Ni padre ni papá. Sigamos recuperando momentos lejanos. Qué difícil enfocar el interior de Julio Bocca. Su evidente timidez, ¿era la máscara de una profunda tristeza? El episodio de ese padre biológico que, según el decir de su abuela, “se borró en la maternidad”, es un enigma, pero también, de rebote, ayuda a definir a Bocca. Como al pasar, Julio alguna vez me contó: “A mi padre lo vi, pero no lo conocí. Lo vi o lo soñé, qué sé yo”. Luego de mucho escarbar, Julio me confesó que le había escrito una carta que nunca llegó a mandarle.

–¿Se puede saber qué le decías en esa carta?

–No me acuerdo.

–Tratá de acordarte.

–No me acuerdo.

–Supongamos, entonces. Si hoy le escribieras, ¿qué le dirías?

–Nada.

–¿No lo extrañás?

–No lo extraño porque nunca lo tuve… Y no siento que lo quiera.

–Entonces, por lo menos, lo odiás.

–Tampoco. No puedo odiarlo. Rodolfo, ¿hasta cuándo con este tema?

–Bueno, la última: ¿podrías intentar perdonar a tu viejo?

–No puedo perdonar a mi padre, porque tampoco me atrevería a juzgarlo. Odio juzgar. Odio que me juzguen.

En el código de Bocca ésta es otra de sus claves. Su lema: vivir y dejar vivir.

En boca cerrada. En medio de una entrevista, García Márquez me preguntó al oído: “Dígame, su fotógrafo, ¿es argentino?”. “Sí, argentino.” “Qué extraño, un argentino que no habla…” Bocca es un argentino insólito por una punta de razones. Una de ellas es que se negó, siempre, a usar su fama para perorar sobre el jodido ser nacional. A pesar de su descollante apellido (y de ser argentino), aunque ahora hable un poquito más, es un tipo de poquísimas palabras. Por ejemplo, su consagración en Moscú me la contó (para su biografía) en diez minutos. Su compañera Raquel Rossetti lo narró sin respiro en tres horas y media. La mamá de Julio, Rosa Nancy de Lojo, me comentó que su hijo le dio la gran noticia desde Moscú, por teléfono, así:

–Hola, mamá.

–¿Cómo estás, Julito?

–Bien.

–Contame. ¿Y el concurso?

–Gané, mamá.

–¿Qué ganaste?

–La medalla.

–¡¿Pero qué medalla, Julito?!

–Y... la de oro.

En cierta ocasión, cuando promediaba el libro, Julio entró en uno de sus temibles pozos de silencio. Lo apuré para que siguiera hablando. Sucedió esto:

–... No puedo seguir, Rodolfo, me he quedado sin palabras. Digo dos o tres más y listo.

–Decilas, sacate esas palabras.

–A mi abuelo Nando yo lo quería y lo quiero mucho... Pero diciendo que lo quiero digo tan poco... Qué bronca me da.

–¿Qué te da bronca?

–Las palabras.

–¿Por qué?

–Porque las palabras no dicen nada.

Sinceridad irreparable. Sigamos observando a aquel Julio: lejos del escenario, desparrama su cuerpo, atravesado por una perpetua fiaca. Desde esos estados bostezantes emergen latigazos de sinceridad muy fuera de los usos y costumbres. No se toma la menor molestia por parecer simpático. Año 1988, gala en el Teatro Real de Copenhague, televisada para toda Europa: cuando llega el momento de saludar a la reina Margarita, Bocca se aparece en jogging y zapatillas.

Abril de 1995: viajamos a Córdoba para presentar nuestro libro. El recibimiento, colosal: en el aeropuerto aguardan en doble fila decenas de jovencitas con ramos de flores, todas vestidas de bailarinas. Naturalmente orgulloso, el organizador pregunta: “¿Y, Julio?, ¿le gustó lo de las niñas?” “No.” Y añade sin anestesia: “¿Acaso yo llegué al aeropuerto vestido de bailarín?” Bocca tal vez tenía razón, pero ¿quién se animaría a ser tan crudamente sincero en medio de una bienvenida en la que sólo se buscaba homenajearlo?

Final, ¿final? Volvemos a nuestro diálogo hoy. Cuesta creer que la de anoche haya sido realmente su despedida.

–Estamos en el país de los Chalchaleros. Vos sabés, Julio: hay artistas que pasan un cuarto de su vida despidiéndose. Tu recital en el Obelisco, ¿es el final final?

–En este momento te digo que sí.

–¿Es o no el final final?

–Sí, sí, sí, porque no me falta concretar nada. Uno vuelve cuando se quedó con algo sin hacer. También tengo armadas otras cosas. No es que terminé y no sé qué hacer: tengo la escuela de danza, la fundación, la compañía… Me gusta lo que viene, dirigir.

–Entonces, dejás de bailar, sin retorno.

–Estoy seguro: no podría nunca volver si dejo uno o dos años. Porque físicamente es imposible. Aparte, tengo siete operaciones, cuatro en la rodilla izquierda, una en la derecha y una en cada pie. Físicamente no estaría en mi nivel. Que por eso también me retiro: bailando y no caminando arriba del escenario. Te digo que podría seguir tres o cuatro años más, hacer una danza que no me demande desgaste físico… Pero no siento que sea yo ése. Prefiero que la gente salga feliz con lo que vio.

–¿Bien seguro de lo que decís?

–Tengo confianza en lo que digo, estoy seguro de lo que digo… También sé que después será difícil aprender a no hacer nada. Será un período, hasta que me canse de no hacer nada. Uno se puede preparar mucho para el momento del retiro, pero hay que ver qué le pasa a uno cuando el momento llega.

Ignorante sí. Mentiroso no. Le pregunto a Julio cómo andan sus lecturas hoy. Se frota las rodillas, le adivino el parpadeo: “¿Libros? Un montón tengo. Pero el año pasado no me acuerdo haber leído ninguno, y este año, nada. A veces agarro uno y empiezo, y es como que no estoy ahí…” También por esto, un argentino insólito: no se manda la parte, no simula ser culto. Recuerdo: hace 12 años observé que no había biblioteca en su casa.

–El Quijote lo bailaste. ¿Lo leíste?

–No.

–Hiciste Romeo y Julieta. ¿Leíste a Shakespeare?

–No.

–¿Algún libro de Borges?

–No.

–¿Cien años de soledad?

–Ni cien ni noventa y nueve.

– Sabato, Hemingway, Cortázar, Bioy, ¿leíste?

–Nada.

–Esto aparecerá en tu biografía: ¿no te da un poco de vergüenza decir esto?

–Decirlo no me da vergüenza... Me da vergüenza no haber leído... Pero no pienso dármelas de nada. Mentir me produce un cansancio terrible en el cuerpo. Y no quiero sentir esa clase de cansancio.

Liviano de equipaje. A Bocca no le gusta pontificar; menos, volver sobre sus recuerdos. ¿Será por eso que está tan livianito y puede sobre el escenario volar? Es curioso, pero muchos episodios maravillosos de su carrera los recupera porque otros se lo cuentan. El casi no guarda recortes y las fotos apenas si las amontona en un pequeño bolso. Precisamente, en un recorte leí que en el Bolshoi, ante el sostenido aplauso del público, debió salir a saludar 22 (veintidós) veces.

–No me comentaste eso, Julio.

–Y... no me acordaba.

–No te creo.

–Y bueno. Si no me creés, está bien.

–Pero ¡es que fueron 22 salidas!

–Yo no me iba a poner a contarlas.

Danza y discriminación. Uno de los flancos criticados de Bocca es su tendencia a hacer megarrecitales al aire libre, en estadios. Para responder a esto adoptó una frase: “Tampoco hay que ser racista con la danza. Bailar sólo para gente con dinero, o culta, me parece mezquino, egoísta. Me acusan de comportarme como un deportista o un cantante de rock. Me importa un carajo. Yo bailo en el Colón y también en las canchas. Vengo de laburantes y bailo para que me vean los seres humanos. Y seres humanos son los que van al Colón. Y los que van al Luna Park”.

Tal nieto, de tal abuela. Teresa Josefa de Bocca se parece y no se parece a Julio. Para que ella cuente no hay que pagar el menor peaje. Fue fundamental para que nuestra biografía no se mancara. Sin advertir el tamaño de la pregunta, le digo a Bocca:

–¿Tu abuela Teresa vive?

–Es el año 2007 y claro que vive. Tiene 91 años, vive sola, no quiere saber nada con nadie: se cocina, se lava, sigue haciendo milanesas, todo; le fascina ir al bingo hasta las tres o cuatro de la mañana... Porque mantiene la cabeza mantiene el cuerpo.

–Digamos, otra macanuda “anciana dama indigna”.

–Yo le digo: me parece genial abuela, pasala bien, andá adonde te dé le gana… Perdón que almuerce en medio de la entrevista, eh.

–¿Esto es tu almuerzo?

–Esto. Un yogur. Desayuno un licuado de frutas con clara de huevo, y mate… Después, a la tardecita, champancito o vino tinto con un poco de queso, y a la noche, ¡a cenar! Aprendí a gozar de eso. Miro el río desde mi piso de Puerto Madero, desconecto los teléfonos, tranquilito pongo música… de todo, pero más latina. Está bueno eso. Está bueno el champancito.

Aunque a Bocca decididamente no le gusta andar recordando, accede con gusto a un pantallazo con la abuela Teresa. El andaba por sus 12 y pasó esto que también lo define:

–Abuela, te pesqué justo… Te vi, abuela, te vi: le estabas poniendo soda a la botella de Coca-Cola.

–Así dura más, Julito.

–Dura más, pero no me gusta tanto.

–Elegí, Julito: ¿le pongo soda a la Coca-Cola y podés tomar dos o tres días o no le pongo y tomás solamente los domingos?

–Ponele mucha soda, abuela.

Le digo a Julio que en esta anécdota está la raíz de su mentada tacañería. Me dice “no me importa” levantando los hombros. Insisto:

–¿Ser tacaño no te preocupa?

–Para nada. Los demás se preocupan. Yo ni me doy cuenta.

Tal nieto, de tal abuelo. Abuelo Nando, cuando Julio andaba por sus dos años, lo alzaba sobre la palma de su mano y, girando, lo mostraba al vecindario: “Ya van a ver, ya van a ver adónde llegará Julito”. El recuerdo de aquel abuelo sigue presente, pero con énfasis Julio ahora me aclara que “más presente está lo que está presente. He aprendido a compartir y a vivir con los que están. Los disfruto… Disfruto a mi familia, a mis amigos, a los que viven; Sandra Mihanovich, Mercedes Sosa, Lino Patalano...”

Pero este presente es posible por aquel pasado. Me contaba Julio en uno de sus raros momentos expansivos:

–Cuando mi abuelo Nando se iba a pescar al muelle en Mar de Ajó, yo iba con él. A veces hablábamos de ballenas; yo lo acosaba con preguntas imposibles. A veces no hablábamos, pero estábamos muy bien así. Mi abuelo de vez en cuando me miraba y, si yo tenía frío, el frío se me iba. A mi abuelo lo tuve hasta mis 13 años. Pero todavía me dura su olor.

–¿A qué olía tu abuelo?

–A hombre bueno.

El irreconocible. El culto de la apariencia, tan inherente a los argentinos, no va con Bocca. Hace años quedamos en encontrarnos en las oficinas del Maipo. Me recibió una empleada que ordenaba el lugar. Al rato entró Julio y la señora le preguntó: “Joven, ¿dónde va?” “Soy Julio Bocca, con Patalano, dueño de esto”.

Pasa inadvertido en la vereda; no necesita lentes ahumados para disolverse en uno más. Disfruta de esa cualidad innata. Con su traza de muchacho de barrio, nadie puede adivinar su metamorfosis sobre el escenario. El Polaco Goyeneche me contó: “Yo, al principio, me creí que Julio Bocca era el que le llevaba el bolso a Julio Bocca. Mi Dios”. El poeta Jean Cocteau decía de su amigo, el bailarín Vaslav Nijinsky: “Uno jamás habría creído que ese monito de pelo ralo que usaba un sobretodo de faldones fuera el ídolo del público”. Algo semejante pasa con Bocca. Se canta en la imagen.

Pajarito truculento. Si algo sabe Enrique Pinti es calar, retratar. Me contó que cuando conoció a Julio le llamó la atención “el blíndex de su mudez”.

–Me resultó muy difícil creer de esa especie de pajarito insignificante, primero, que bailara, y segundo, que fuera un astro. Por mucho tiempo pensé que Julio era, si no un tonto, sí alguien que estaba en una nube. Me lo imaginé muy influenciable. Rápido me sacó del error. No lo vi llorar nunca, pero sé que es muy intenso. Muy engañador. Física e intelectualmente muy fuerte. Es más bravo, más peligroso de lo que parece. Tiene complejidad hasta como para llegar a ser truculento.

–¿Truculento?

–Sí, truculento, porque es un agua mansa y ya se sabe que del agua mansa hay que cuidarse. Además, es un tipo que absorbe todo. No, no, no: no es un boludo. Y cuando baila, a pesar de ser medio petiso, nada parecido a un sex symbol, Julio tiene una sexualidad increíble. Dije sexualidad. Y ahora agrego: sensualidad. Agarra a las bailarinas en el escenario y no hay lola; parece que se las va a comer ahí mismo. Esta sexualidad tan rotunda es algo muy difícil de encontrar en el ballet.

Nosotros, los animales, el sexo. A propósito de “comer”: las muy jovencitas, y las maduras también, se lo quieren comer. Comer vivo. Julio, imperturbable, con algún atisbo de sonrisa, escapa, escapa siempre. Recuerdo algún diálogo sobre sexo y colaterales:

–Estarás hasta el cuello de esta preguntita. No importa, ahí va: Julio, ¿qué pensás de la homosexualidad?

–Nada.

–¡No te vayas a herniar eh…! Decime algo más explicativo.

–No pienso nada porque eso sería empezar a juzgar. No juzgo. No me juzguen. Pregunto yo: en el sexo, ¿por qué hay que calificar lo que hacen éstos o aquéllos?

–¿Alguna opinión sobre el sexo animal?

–Los animales no tienen problemas. Lo hacen y lo gozan. Como animales. No se fijan en la hora, lo hacen donde venga, no se señalan con el dedo. Qué bien los animales, no gastan en telo.

Todo, todo llega. El final de esta nota y el final de la carrera de Julio Bocca. Con cierta desolación, mira el fondo de su vaso de yogur, arroja la cucharita.

–¿Recordás alguna función muy complicada en tu carrera?

–Mil veces te lo dije: con los recuerdos no tengo enganche. Las cosas pasan y después las borro. Por supuesto, no me olvido de haber compartido escenario con los grandes del siglo… Eso lo disfruté y ya pasó, como todo… No sé por qué, pero ahora me acuerdo de una laguna que tuve en el estreno de Bocca Rock, de Oscar Araiz. No sé… la mente se me fue. No pude acordarme nunca de la coreografía; pobre Araiz, ¿no? Estas lagunas a veces te pueden pasar, pero un segundo y enseguida retomás. Aquella vez no. Improvisé hasta que terminó la música. Terminé y me fui.

–Julio, te hicieron miles de reportajes en tu carrera. ¿Cuál es la pregunta más recurrente y jodida?

–¡Ja ja ja jaaa!

–De qué te reís. ¿Se puede saber?

–Se puede. No me acuerdo cuál es esa pregunta. La verdad.

–No sé si creerte.

–Si me acordara no te la contesto. Y ya está.

–Muchas gracias… ¿Qué pregunta esperabas y nunca te hicieron? Decímela, Julio, y te la hago ahora.

–Ja… ¿encima tengo que hacer tu trabajo? No. Gracias.

–De nada. Decime: según pasan los años, ¿cómo son tus miedos?

–No tengo miedos. En el presente no. Hago lo que me gusta cuando quiero, estoy bien con la familia, bien con los amigos. Todo perfecto, ¿cómo voy a tener miedo?

–Suele pasar que, cuando todo anda muy bien, hay gente que siente oscuros miedos. Tanta perfección asusta.

–No, no. Quizá tuve la cabeza tan metida en la gran despedida que el resto se eliminó. Ni recuerdos ni nada… No tengo tiempo de tener miedo, sería mi respuesta…

–¿Así que ningún miedo, Julio?

–¿Miedo de que te roben, de que te maten? Uno no va a estar siempre preocupado, porque lo que pasa en la Argentina pasa en todas partes del mundo. Y más.

–¿Te ves con la edad de tu abuela?

–Para nada. Siempre dije que iba a llegar hasta los 60. No sé por qué ese número, no sé.

–Viendo que esto se acaba, la verdad, Julio, estoy craneando una pregunta bien, pero bien cabrona para hacerte.

–Dale. Yo no te la contesto. Y ya está.

–Me quedó zumbando eso de que no tenés ningún miedo.

–Rodolfo, la última pregunta la hago yo: ¿por qué hay que tener algún miedo?

Este rompecabezas. Lo dicho lo armamos con el presente y con retazos del pasado. He aquí las claves de este fenómeno que debió llamarse Julio Adrián Fernández, que en su documento de identidad es Julio Adrián Lojo Bocca y que en la vida decidió ser Julio Bocca. Sus claves, para quienes gustan de lo complejo, son espantosamente sencillas. Y en esta patria idolatrada lo sencillo suele ser intolerable. Bocca encarna un muy raro caso de talento al que se suma una voluntad de trabajo llevada a la obsesión. Su fórmula es ésa: talento y trabajo. Bolsito, transpiración, esfuerzo, sudor y gota gorda. Es un milagro argentino y mundial. Pero los milagros no caen del cielo: se siembran aquí, en la tierra. Y el milagro Julio Bocca tampoco cayó del cielo. Sus claves están sobre la mesa: la gota gorda al servicio del genio. La hazaña del silencio, de la obrera tenacidad.

Todos tenemos a Bocca por un bailarín descomunal. Pero hay un secreto no revelado: antes que eso es un graaan cantante. ¿Cantante? Sí. Porque se canta en la apariencia. Y en la frivolidad. Y se canta en el qué dirán. Eso sí, con el inmenso talento que tiene, nunca se cantó en el trabajo. Y así le fue. Una vez le pusieron el revólver en la cabeza, pero eso no modificó su día. (¿Qué será de la vida del hombre del revólver?)

Cuesta creerlo. Julio Bocca, adiós. Buen día, Julio Bocca. La multitud lo esperaba para adorarlo. Bailó por última vez. Mientras rumbeaba hacia su último escenario, subía la ovación. A la ovación no se la llevó el viento; el viento la trajo. El mismo viento zurció en el aire, otra vez, el diálogo entre aquel abuelo y aquel niño:

–Abuelo, ¿el mar llega muy lejos?

–Más lejos que lejos.

–Abuelo, ¿hasta dónde llega el mar?

–Hasta tu corazón.

–Abuelo, y mi corazón, ¿hasta dónde llega?

–Tu corazón, Julito, llega hasta mi corazón.

–¿Por qué me estás abrazando tan fuerte, abuelo?

–Julito, mi Julito...